La Ruta Humboldt: un viaje para el alma entre el Orinoco y los Cerros de Mavicure.

Vista del Orinoco

Durante el verano colombiano 2021-2022, tuve el privilegio de acompañar como guía a Marc, un viajero francés apasionado por la naturaleza, la aventura y, sobre todo, por la autenticidad. En pleno periodo pospandémico, Marc decidió recorrer Colombia durante más de un mes con Colombie Célestine, y juntos emprendimos una travesía inolvidable por la Ruta Humboldt.

Partimos desde Bogotá a finales de diciembre hacia Puerto Carreño, capital del Vichada, en la región de los Llanos Orientales, frontera con Venezuela. Allí nos recibió nuestro guía Alfonso, oriundo del Caquetá, quien nos acompañaría a lo largo de toda la aventura.

Ese primer día navegamos por las aguas del Orinoco, en la confluencia con el río Meta, observando la vida ribereña y, con suerte, a los delfines rosados. Aunque ya los había visto antes en otros lugares de mi país, cada encuentro con estos seres mágicos es siempre una experiencia única.

El sistema fluvial me impresionó desde el primer instante: un río poderoso, brillante, de lecho inmenso y rocoso, posado sobre el Escudo Guayanés, una de las formaciones geológicas más antiguas del planeta. ¡Estábamos navegando sobre rocas de más de 2.400 millones de años!

Río Orinoco

Al atardecer, subimos al Cerro de la Bandera, con una vista espectacular de la ciudad y el río. Allí compartimos historias con otros viajeros, mientras el cielo se teñía de colores cálidos.

Atardecer en el Cerro de la Bandera

Siguiendo los pasos de Humboldt

Al día siguiente, iniciamos nuestro descenso por el Orinoco, rememorando las exploraciones del científico alemán Alexander von Humboldt junto con el botánico Aimé Bonpland en el siglo XIX. Nuestro destino: los cerros de Mavicure, a más de 400 kilómetros aguas arriba.

Nuestra primera parada fue la Reserva Natural Bojonawi, donde exploramos morichales, afloramientos rocosos y bosques de galería, incluyendo la Laguna El Pañuelo, de aguas oscuras, rodeada por saladillos florecidos y una vegetación exuberante.

Luego navegamos por el río Bita, considerado uno de los más limpios y mejor conservados del país y clasificado como humedal Ramsar. Allí viví mi segundo encuentro con el ganso del Orinoco (Oressochen jubatus) y nos bañamos en sus aguas cristalinas. De regreso, disfrutamos de un atardecer mágico en un islote de piedra mientras Marc pescaba y yo fotografiaba.

Río Bita
Ganso del orinoco (Oressochen jubatus)
Ganso del orinoco (Oressochen jubatus)
Río Orinoco

El Tuparro y el rugir de los raudales

Al amanecer siguiente, nos embarcamos rumbo al Parque Nacional Natural El Tuparro, haciendo escala en el pintoresco pueblo de Casuarito, que encantó a Marc por su carácter folclórico y la calidez de su gente. Bordeamos el río para evitar el raudal de Atures, y tras una caminata llegamos a nuestro campamento base cerca de la desembocadura del río Tomo.

Esa tarde recorrimos el sendero Attalea y navegamos por el río Tomo, donde tuve el privilegio de ver por primera vez al Paujil culicastaño (Mitu tomentosum). El día terminó con un atardecer increíble sobre una playa rocosa del Orinoco.

Paujil culicastaño (Mitu tomentosum)
Atardecer sobre el Orinoco

El cuarto día ascendimos el cerro El Guahibo, desde donde apreciamos una vista extraordinaria del raudal de Maipures, descrito por Humboldt como la “octava maravilla del mundo”. Durante la subida, atravesamos bosques llenos de especies vegetales endémicas, con panorámicas que combinaban sabana, selva y ríos entrelazados ¡Arriba nos encontramos también con pinturas rupestres!

También visitamos el abandonado centro educativo La Tambora, fundado por el padre Javier de Nicoló. Aunque el sitio permanece en silencio, las historias que Alfonso nos compartió le devolvieron vida.

Vista de la desembocadura del Río Tuparro en el Río Orinoco desde el Cerro Guahibo
Cerro Guahibo
Pescadores atravesando el Río Orinoco
Vista del centro educativo La tambora
Pellar playero (Hoploxypterus cayanus)

Encuentro con comunidades indígenas

Después de rendir un homenaje final al Maipures y atravesar el tramo en el río Tuparro conocido como Cargadero, llegamos a la Selva del Matavén, hogar de la comunidad indígena Sarrapia. Allí nos recibió el señor Eligio, líder Piaroa, quien compartió con nosotros su sabiduría, su calendario agrícola y las historias de su pueblo.

Esa noche, entre relatos de animales sagrados, mitología y reflexiones sobre el ecoturismo, entendimos que estábamos viviendo algo mucho más profundo que un simple viaje: era un intercambio humano, ancestral y transformador.

El Balancín en los rápidos de Maipures
Pescador en los rápidos de Maipures
Birro colorado (Hirundinea ferruginea)
Eligio, líder Piaroa de la comunidad indígena Sarrapia.
Intercambio entre artesanos y visitantes
Selva inundable donde vive la comunidad Sarrapia
Casa de la comunidad Sarrapia.

Hacia la Estrella Fluvial del Inírida

Al día siguiente partimos rumbo a Puerto Inírida, adentrándonos en la transición entre sabana y selva amazónica. Visitamos la piedra Castillito, santuario de la Virgen de Coromoto, y poco después llegamos a la imponente Estrella Fluvial del Inírida, donde confluyen los ríos Orinoco, Guaviare y Atabapo. Allí nadamos en las aguas taninas del Atabapo y nos despedimos del gran Orinoco.

En el trayecto hacia Puerto Inírida avistamos una familia de nutrias, ¡una escena maravillosa! Aunque esperaba una ciudad apacible, me sorprendió el ritmo frenético de Puerto Inírida, impulsado por la minería de oro y coltán.

Nutria gigante (Pteronura brasiliensis)

Culminación espiritual en Mavicure

Nuestro viaje culminó en los cerros de Mavicure, iconos del oriente colombiano e inspiración de la película El abrazo de la serpiente. Llegamos a la comunidad indígena El Remanso, encargada del hospedaje y la guianza. Caminamos entre sabanas para ver la flor endémica del Inírida y yo aproveché para observar aves imposibles de encontrar en otros rincones del país.

Cuando estás allí, al pie de los imponentes cerros, sientes el poder del lugar, su magnitud, su inclinación hacia lo espiritual. Un lugar que te atrapa y, en sus noches, te permite soñar.

Esa noche, escuchamos leyendas locales, aunque notamos una desconexión cultural causada por siglos de evangelización. No todas las historias coincidían, y eso dejó un sabor agridulce. Sin embargo, al día siguiente, el ascenso al cerro Mavicure fue nuestra reconciliación con lo sagrado.

Amanecía mientras subíamos por sus escarpadas laderas, y desde la cima (170 m), contemplamos el cerro Mono (480 m) y el cerro Pájaro (712 m), rodeados por selva, sabana y el río Inírida. Un paisaje que, sin duda, marcará mi vida para siempre.

Por la tarde, cruzamos en bote entre los cerros hasta el caño San Joaquín, donde disfrutamos de un último baño entre aguas taninas y playas blancas, con una vista sublime hacia los cerros.

Cerro Mono
Flor de Inírida - Liwi, flor eterna
Flor de Inírida - Liwi, flor eterna
Cerro Pájaro
Cerro Pájaro a contra luz

El regreso

Ya de vuelta en Puerto Inírida, cenamos, empacamos y descansamos. Al día siguiente tomamos el vuelo de regreso a Bogotá.

Marc continuó su recorrido de 36 días por Colombia con Colombie Célestine, mientras yo intentaba digerir la inmensidad de paisajes y emociones vividas. Este viaje fue, sin duda, un regalo para el alma.

Juan en los Cerros de Mavicure

¿Quieres vivir esta experiencia única?

Contáctanos y te contaremos cuándo puedes sumarte a nuestra próxima expedición por la Ruta Humboldt, uno de los viajes más auténticos, transformadores y fascinantes de Colombia.

One thought on “La Ruta Humboldt: un viaje para el alma entre el Orinoco y los Cerros de Mavicure”

  1. Creo que de alguna manera , han tocado o conocido parte del verdadero paraíso terrenal!!! Emocionante, ensoñador; es un viaja para la eternidad; son viajes que se guardan en la verdadera alma humana!!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *