Inspiración: Cartas postales poéticas de Colombia
Raymonde-Cécile Interlegator es escritora. Visitó Colombia con Célestine el verano pasado. Publicó Instants d’années, su autobiografía, en Éditions L’Harmattan, donde relata su recorrido de resiliencia. Nacida en 1947 en una familia judía traumatizada por las monstruosidades de la guerra, supo leer de inmediato, en los rostros y en los paisajes de Colombia, las heridas ancestrales de un país marcado por la guerra civil.
Nos regaló algunas huellas escritas de su viaje. Le agradecemos infinitamente sus palabras conmovedoras y precisas, así como su homenaje a nuestro arte de viajar.
1. CARTA POSTAL POÉTICA DE BOGOTÁ
Bogotá, ciudad de altura, de nubes y de sombras. Montañas como masas oscuras velando por la ciudad, calles en pendiente con muros iluminados bordeados de grafitis, torres de vidrio donde se refleja el cielo y donde las vidas se apilan, mercados vastos y ordenados, plazas llenas de espera, pobladas de palomas y transeúntes. Barrios de ladrillo rojo, fachadas coloridas. Allí se escucha un viento vivo que desciende de las colinas, conversaciones apresuradas, músicos: una guitarra, un acordeón, una flauta andina…
La noche cae rápido y entonces la ciudad se enciende.
2. CARTA POSTAL POÉTICA DE LA AMAZONÍA
La selva colombiana, un vértigo de humedad, un laberinto vivo donde las lianas se aferran al aire. El calor, una fiera pesada que se posa en la sombra movediza; la vida tiembla, silba, estalla. Murmullos de savia y cantos de pájaros sin nombre. El viento, sofocado por los árboles centinelas, inmóviles, con los brazos tendidos hacia un cielo que se niega; sus raíces escarban la tierra, arrancan lo invisible. Hojas por millones, palpitantes, susurrantes. Los ríos chapotean, se estiran en lentas corrientes nocturnas, destellos del olvido. Poblados indígenas, chozas de hojas temblorosas. Nacidos de una fiebre antigua, rostros tatuados por el viento hablan un lenguaje secreto a nuestros oídos extranjeros; hombres, a veces silueta fugaz entre dos troncos, pescadores, cazadores, viajeros… Se avanza, se penetra, se adivina más de lo que realmente se ve…
Amazonía. Una palabra, un espacio, una inmensidad. Un universo de verde y de agua.
3. CARTA POSTAL POÉTICA DE MEDELLÍN
Medellín nunca duerme. Ciudad palpitante, gritadora, de innumerables coches, bocinas, buses coloridos, abollados y humeantes. Tan viva por sus calles llenas, atravesadas y reatravesadas, por sus mercados desordenados y estridentes de vendedores improvisados, por sus edificios que arrancan del suelo —altos, bajos, deteriorados, modernos, amontonados—, por sus barrios ricos de rejas rosas y jardines demasiado verdes, o pobres, contrastados, entremezclados, aferrados a las fachadas de callejuelas, voces revueltas, en coro, en enojo, risas, rostros fugaces, borrosos… violencia invisible, recuerdos compuestos, fragmentos de emoción cuando el sueño se disuelve y la memoria se deshilacha… Me queda aquella noche de tango, a la vez cálida y misteriosa, una milonga que quizá imaginé, quién sabe.
Uno atraviesa estas ciudades como atraviesa la historia. Allí deja pedazos de sí mismo, allí recoge recuerdos.
Todo lo que ayer estaba allí puede desaparecer mañana bajo el resplandor de una promesa que se evapora.
Colombia, un país que oscila entre la esperanza y la incertidumbre.
4. CARTA POSTAL POÉTICA DE COLOMBIE CÉLESTINE
«Célestine es un aliento, una vibración, un paréntesis entre dos mundos. Está ahí, ligera e inasible, como una pluma llevada por los vientos andinos. Celeste, sin ser lejana. Colombina, sin ser del todo juiciosa.
Traza itinerarios como quien teje un poema: un paso aquí, un desvío allá, una carcajada en la esquina de una calle colorida. Conoce los caminos olvidados, las historias susurradas, los secretos que solo las nubes y los ríos saben guardar.
Juega, baila, sorprende. Se la cree suave, pero es traviesa. Se la sigue, y ya desaparece, dejándonos en el hueco del corazón el sabor de un otra parte inolvidable. Célestine no es una simple agencia de viajes. Es una promesa, un susurro entre las montañas andinas y las playas caribeñas, una mirada intercambiada entre la historia y el instante presente.
“Aquí, en Colombia, cada paso cuenta una historia, cada pueblo guarda una memoria y cada río canta un poema antiguo. No proponemos únicamente itinerarios; abrimos caminos, puertas escondidas hacia el alma de un país vibrante, complejo e inolvidable.”
Viajar con Célestine es rechazar el viaje rápido e impersonal. Es entrar en el silencio rumoroso de las selvas tropicales, compartir una comida con quienes tejen la tierra con sus manos, escuchar las leyendas susurradas a la sombra de los patios coloniales.
Un homenaje. Auténtico, una invitación. Insólito, una llave para quienes saben que el verdadero viaje comienza allí donde termina el turismo.
Colombia no se visita. Se vive. Se siente. Se sueña, y se ofrece como un secreto precioso. »
Raymonde-Cécile Interlegator, marzo 2025.
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